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3. EL MAR NO ES UN CENICERO
Muchas de las que se arrojan al suelo en calles, playas o paseos terminan llegando al mar arrastradas por el viento, la lluvia o las escorrentías urbanas. Allí liberan sustancias tóxicas, se fragmentan en microplásticos y permanecen durante años en el medio ambiente.
En Lanzarote y La Graciosa, donde gran parte del agua potable procede de la desalación de agua marina, evitar esta contaminación resulta especialmente importante.
Las colillas son pequeñas, pero su impacto ambiental no lo es.

El mar nos une, y no puede convertirse en un cenicero.
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